Nos despertamos después de haber descansado frescos y fenomenal y nos pusimos temprano en ruta para ganarle algo de tiempo a esta ola de calor que nos acompaña y no nos abandona.
A las 8.50 estábamos en ruta y los primeros kilómetros fueron a través de pueblos, que eran grupos de casas en línea, mirando al río. El terreno era muy irregular, pero las todavía no muy altas temperaturas hacían que avanzáramos a buen ritmo y sintiéndonos ligeros.
Al cabo de un rato abandonamos esta zona para empezar un tramo de dique. Llanura a ambos lados con campos de maíz o girasoles y terreno bastante malo en el que, en muchas partes, apenas cabía la rueda.

Así pasamos unos 40 kilómetros. Con el calor asfixiante que estamos sufriendo, los kilómetros de dique se hacen interminables porque no hay ni una sombra y parar se hace imposible.
Pedaleamos por el dique solos sin cruzarnos con nadie. En la primera parte de la ruta,hasta Budapest, encontramos a muy poca gente, dos o tres viajeros, pero a partir de Budapest no nos cruzamos con nadie.
Cuando se acabó el dique pasamos por dos pueblos absolutamente vacíos y con una fuente que no funcionaba, y de ahí unos cuantos kilómetros más hasta que las 15.30 llegamos a Kalocsa. Llegamos sin comer porque no encontramos, literalmente, ni una sombra donde parar en todo el camino.
La etapa de hoy se nos hizo pesadísima. El terreno malo, la monotonía del paisaje y sobre todo el calor hicieron que llegáramos agotados. Nada más llegar al pueblo nos metimos debajo de un árbol a comer algo. Después buscamos un sitio donde alojarnos y descansamos unas horas antes de salir a dar un paseo. Kalocsa resultó ser un rollo de sitio. 14 de agosto, medio mundo en fiestas y este pueblo de más de 10000 habitantes estaba vacío. Quisimos comer un helado y ahí encontramos el único movimiento del pueblo. La mitad de la población estaba a la cola para comprar un helao y después de un rato en la cola, dedujimos de un cartel en húngaro, que algo pasaba con los helaos ese día de a partir de las 5 de la tarde. Pues resultó que eran muy baratos, uno como el de la foto nos costo 100 florines, que son como 30 céntimos.
Después del helao el pueblo no ofrecía absolutamente nada. Hay un museo de pimentón que para esas horas ya estaría cerrado pero que no nos apetecía visitar. Así que tomamos una Soproni, cenamos y nos fuimos a descansar esperando que el calor cesara para día siguiente.








Veo que salisteis bien, aunque Paula parecía estar harta. Ruta monótona y calurosa, para llegar a Kalocsa. Pero ... ¡Ay amigos! Creo que ese helado de 30 céntimos no lo vais a olvidar fácilmente. ¡Muchos ánimos que queda menos!
ResponderEliminarJarta, Jajajajaja. Pobrina...
ResponderEliminarQué lindo viaje tiene que haber sido : )
ResponderEliminarMe gustaron las fotos, ustedes se ven happy, y qué simpático gatito les acompañó a cenar.